¿Por que se debe creer en dios?

Una persona nace ya con el sentido de confianza. El niño está tranquilo en los brazos de la madre, que para él en los primeros días y semanas de su vida son el mundo entero. Pues la madre lo lleva debajo del corazón durante nueve meses, y él es inseparable de ella, su madre es fuente de vida, alimento, calidez para él.

Poco a poco, el mundo del niño se expande. Su alma dulce y pura percibe dolorosamente esas imperfecciones del mundo que le da la experiencia de la vida. Una persona comienza a comprender que no se puede confiar en todo, pero el sentimiento mismo de confianza nunca desaparece. Fue establecido por el creador y permanece hasta el final de la vida. Confiamos en los profesores que nos enseñan, en la tripulación del avión que abordamos para volar, en el cirujano que nos operará. La mayoría de los casos, no los conocemos, pero creemos en su profesionalismo y honestidad. En nuestras vidas, ejercemos la fe y la confianza a diario.

Búsqueda de protección

En diferentes circunstancias de la vida, una persona busca encontrar protección y apoyo no solo para evitar peligros reales, sino también para deshacerse del miedo y la ansiedad, ganar el sentido de la vida, luchar con calma y confianza para lograr sus objetivos. Un mundo lleno de impermanencia, no se puede encontrar tal refugio. Solo Dios puede ser una protección y un apoyo. La fe en Dios es un fundamento sólido y confiable para la vida humana. La fe es un ancla fuerte que nos ayuda a resistir las olas de las tormentas de la vida y a no rompernos contra las rocas. No es de extrañar que el ancla fuera el primer símbolo cristiano de fe y esperanza.

El hombre conecta dos mundos – visible e invisible, combina dos naturalezas – físico (cuerpo) y espiritual (alma). Vemos y tocamos el cuerpo, pero también hay mucha evidencia de la existencia del alma, sentimos y entendemos su dolor, su alegría, sus necesidades.

Por tanto, la vida humana no puede limitarse a satisfacer las necesidades del cuerpo. El alma es parte del mundo invisible, que tiene sus propias leyes. Por lo tanto, debe llevar una vida espiritual observando estas leyes.

Para estar saludable, dar frutos y heredar la vida eterna, el alma necesita esforzarse por conocer a Dios y unirse a Él como la Fuente de la vida. “Es imposible que el cuerpo viva sin respirar, y el alma no puede existir sin conocer al Creador” (San Basilio el Grande).

¿Qué se necesita para llevar una vida espiritual correcta que dé frutos?

Primero que nada, fe. Sin él, no podemos esperar en Dios, orar a Dios, amarlo. Dios le habla a todo corazón humano. Responder a este llamado de Dios es fe. La sordera, la insensibilidad a la conversión Divina o la falta de voluntad para seguir este llamado es incredulidad, una grave enfermedad del alma. La fe le es dada al hombre por Dios, pero para esto uno debe estar dispuesto a corregir su vida pecaminosa. El primer paso hacia esto debe ser el arrepentimiento. Entonces el primer brote de fe aparecerá en el alma, que con el tiempo se fortalecerá y dará frutos salvadores.

La fe comienza con un pequeño brote apenas perceptible: ¡Yo creo, Señor! ayuda a mi incredulidad… Este grito de oración con lágrimas brotó del padre de un hijo gravemente enfermo en respuesta a las palabras del Salvador: si puedes creer en algo, todo es posible para un creyente (Marcos 9, 23). Cuando comprendemos con todo nuestro ser que solo Dios puede ayudarnos y nadie más que Él puede sanarnos del pecado y salvarnos de la muerte eterna, nuestra fe gana terreno y da fruto. Por eso, habiendo sentido el deseo de creer en Dios, es necesario pedirle a Dios que crezca y multiplique esta fe en nosotros. ¡Ninguna oración que Dios cumpla con tanta voluntad como ésta!

¿Quienes merecen la ayuda de dios?

A todos los que buscan a Dios, Él les da su Iglesia para ayudar. En él, según su promesa, habita el señor mismo, en los santos sacramentos de la Iglesia se nos da la oportunidad de unirnos a Él. Si aceptamos esta verdad no solo con nuestra mente, sino también con nuestro corazón, entonces el Evangelio se abrirá ante nosotros como la Buena Nueva de nuestra salvación y los secretos del Reino de los Cielos serán accesibles para nosotros. Y el mayor de ellos es el amor. Como el Señor enseñó a sus discípulos: Este es mi mandamiento: que se amen los unos a los otros como yo los he amado. (Jn 15,12). Para que nuestra fe deje de ser inestable, se necesita trabajo. Comienza con una súplica de oración a Dios. Y el Señor da lo que se pide. Pero para que los espinos no ahoguen el brote de nuestra fe, debemos limpiarnos de ellos (del egoísmo, los hábitos y costumbres pecaminosos, las pasiones, la relajación espiritual y la pereza). Los pájaros no excluyen las semillas de nuestra fe y las malas hierbas no la ahogarán si nos alejamos más a menudo del bullicio del mundo y amamos el templo. Ahí, bajo el refugio del Todopoderoso (Salmo 90: 1), nuestra fe estará protegida de todo lo dañino, crecerá y dará buenos frutos. Finalmente, la tierra del alma debe ablandarse y calentarse. Nada la vuelve fría y fría como el amor propio, la concentración. Conquistan estos vicios con buenas obras y amor activo por las personas, recordando que la fe sin obras está muerta (Santiago 2:20).

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